En manos de los periodistas jóvenes

José Luis Trasobares Presidente de la Asociación de Periodistas de Aragón

 

El periodismo no está en crisis. Afronta una nueva era en la que sus fundamentos, sus instrumentos y su modelo de negocio se han venido abajo. El fenómeno que obliga a reducir las redacciones, que ha roto la rentabilidad de las empresas informativas y que mantiene en el paro y el subempleo a miles de profesionales no es cíclico. Es la consecuencia de las vertiginosas transformaciones políticas, sociales, tecnológicas y culturales que están poniendo el mundo patas arriba. Sin periodistas no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia.

Pero ni los periodistas ni el periodismo ni la mismísima democracia podrán ser lo que fueron, durante el último fulgor de la modernidad, en la Europa socialdemócrata o en los Estados Unidos del crecimiento y los derechos civiles.

Cuánta dulce y triste melancolía de aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que el periodismo se ceñía a los paradigmas de las democracias contemporáneas más avanzadas (¡recordad el Watergate!) mientras los medios ganaban dinero y pagaban bien a sus redactores. El recuerdo del paraíso perdido incluye aquella seguridad de ser los intermediarios imprescindibles entre la actualidad y el público, y un manejo del factor tiempo que permitía aguantar una exclusiva para lanzarla en el diario a la mañana siguiente. Todo esto se acabó. La transmisión instantánea en manos de cualquiera ha generalizado el acceso a la comunicación.

Sólo eso sería suficiente para ponernos en fuera de juego, si además no padeciéramos la hegemonía del capital financiero desregulado, la desafección ciudadana respecto de la política democrática convencional y la devaluación del trabajo (incluido el trabajo intelectual).

El periodismo debe entender el nuevo contexto y sumergirse en él, inventar nuevos lenguajes, generar otras relaciones con la ciudadanía, reubicarse en el escenario político, reconquistar la independencia… desarrollar, en suma, una profesión reciclada por completo. Los periodistas habrán de poseer habilidades distintas, conocimientos diferentes (por ejemplo en informática) y un peculiar concepto del impacto y el relato transmedia.

Pero no me atrevo a llegar más lejos. Soy un profesional veterano. Trabajé durante años codo a codo con linotipistas, cajistas y montadores. Fui fascinado por el atronador arranque de las rotativas. Cerré mis artículos al filo de la medianoche… Y en este último decenio he cometido errores de bulto a la hora de caracterizar la famosa crisis del periodismo. Por eso prefiero pasar el testigo, y advertir que si mi generación fue capaz de protagonizar con éxito el vertiginoso proceso que supuso pasar de la información en tiempos del franquismo a la que eclosionó al filo de la transición, bien puedo confiar en que los colegas que ahora empiezan o ya actúan en nuevos proyectos informativos cada vez menos convencionales serán capaces de darle la vuelta a este oficio y sacarlo adelante.

El periodismo, como todo, pasa a manos de los jóvenes. Ellos sabrán qué hacer. Ellos construirán el futuro. No van a tener otro remedio.

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